La Arena Ciudad de México se convirtió en un templo de la música norteña, donde el eco de acordeones y botas charras resonó como un adiós definitivo. Ramón Ayala, el indiscutible «Rey del Acordeón«, se presentó ante más de 20 mil almas en el cierre de su gira Historia de un Final, un espectáculo que no solo repasó 66 años de trayectoria, sino que selló el legado de un ícono que ha marcado generaciones con sus corridos y rancheras.
Aunque el inicio se retrasó casi una hora, la impaciencia del público se disipó en un mar de aplausos y lágrimas cuando el regiomontano, de 79 años, tomó el escenario con su inseparable instrumento, recordándonos por qué su retiro duele como un «Tragos Amargos«.

El ambiente en la arena era un mosaico de emociones: familias enteras con sombreros texanos, abuelas que tarareaban «Un Rinconcito en el Cielo» y jóvenes que, impulsados por el auge del regional mexicano, llegaban por primera vez a honrar al patriarca del acordeón.
El retraso, que pasó de las 21:00 programadas a casi las 22:00, generó chiflidos y murmullos, pero las pantallas gigantes calmaron los ánimos con un video emotivo: imágenes en blanco y negro de un joven Ayala con Los Bravos del Norte, fundiéndose con clips de éxitos que han vendido millones de discos desde 1959.
Cuando las luces se atenuaron y un castillo medieval animado dio paso a la silueta del acordeón, el rugido fue ensordecedor. Sentado en una silla al centro del escenario, flanqueado por su banda de músicos impecables –violines, bajos y percusiones que daban vida al norteño–, Ayala abrió con «Mujer Paseada«, su voz ronca y cálida cortando el aire como un cuchillo. «¡Cómo está mi gente del DF! Disculpen el poquito de retraso, pero ya estamos aquí y nos vamos a ir hasta que amanezca«, bromeó el artista, desatando risas y ovaciones.



Himnos del acordeón
No era exageración: durante casi dos horas, el setlist fue un viaje cronológico por su carrera, desde corridos clásicos hasta baladas que arrancaron pañuelos. El corazón de la noche latió con himnos inescapables. «Puño de Tierra» y «Baraja de Oro» pusieron a la arena a cantar al unísono, con el acordeón de Ayala –ese rey de las teclas– liderando como un faro en la tormenta emocional.
Las mujeres tuvieron su momento con «Chaparra de mi Amor«, dedicada «a las reinas del hogar«, mientras «Hay que Pegarle a la Mujer» –controvertida pero icónica– provocó debates susurrados en las gradas, recordando las complejidades de la música ranchera. No faltó «Las Casas de Madera«, cuya letra melancólica resonó de principio a fin, con el público de pie, brazos en alto, como en una procesión.


Por siempre Ramón Ayala
En la recta final, «Tragos Amargos» –el que le dio fama internacional– y «Dos Monedas» elevaron la intensidad, con Ayala levantándose para un zapateado que desafió su edad. El cierre llegó con «Cuando Yo Era un Jovencito«, su versión en español de «Cotton Fields» de Creedence, un guiño rockero que fusionó norteño con toques sureños, dejando al público bailando en sus asientos.
Ayala, visiblemente emocionado, pausó para agradecer: «Esto es el final de una historia, pero el principio de sus recuerdos. Gracias por 66 años de amor«, dijo, con la voz quebrada, mientras un foco solitario lo iluminaba.
Los visuales –proyecciones de paisajes tamaulipecos, fotos familiares y cerros polvorientos– añadieron capas de nostalgia, convirtiendo la arena en un palenque gigante.
Este concierto, parte de una gira que ya tocó Estados Unidos y culminará en Monterrey el 20 de septiembre. Ramón Ayala no solo se despidió, legó un testamento musical que trasciende el escenario. En un México donde el regional mexicano evoluciona, su acordeón –ese instrumento humilde que él elevó a arte– nos recuerda las raíces: el amor, el desamor, la frontera y la fiesta.
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