marzo 6, 2026

El ‘Mochaorejas’, nueva serie de ViX: el horror de los secuestros en los años 90 en México

La plataforma ViX estrenó ‘El Mochaorejas’, una serie de ocho episodios que revive uno de los episodios más brutales del crimen organizado en México durante los años 90.

Protagonizada por Damián Alcázar en el papel de Daniel Arizmendi López –el secuestrador conocido como ‘El Mochaorejas’ por su práctica de amputar orejas a sus víctimas para extorsionar a las familias–, la producción sigue la investigación de una periodista que reconstruye, a través de archivos, testimonios y conversaciones con el propio Arizmendi, el ascenso de este delincuente y el terror que sembró en la sociedad.

La serie, disponible desde el 23 de enero, se inspira en hechos reales y en la labor periodística de Olga Wornat, quien entrevistó al criminal en prisión.

Arizmendi López, capturado en 1998 tras años de operar una banda dedicada al secuestro exprés y con mutilaciones como sello distintivo, es responsable de decenas de plagios –algunos con desenlaces fatales– y actualmente purga una condena de varios siglos.

El relato no se limita a los crímenes: explora el contexto de pobreza, desigualdad y auge del secuestro en esa época, mostrando cómo un ex policía judicial derivó en uno de los delincuentes más temidos del país.

Desde el punto de vista crítico, El Mochaorejas adopta un tono crudo y directo, sin recurrir al melodrama excesivo ni a la estetización de la violencia. La actuación de Alcázar es contenida y perturbadora: construye a un personaje frío, calculador y carente de empatía visible, sin caer en la caricatura ni en la búsqueda de simpatía.

El enfoque periodístico –a través del personaje de la reportera interpretada por Paulina Gaitán– mantiene la distancia necesaria y pone el acento en las víctimas y en el daño social irreversible que dejó el criminal

¿Enaltece las atrocidades cometidas por este inhumano?

No, no hay glorificación ni romantización del personaje. Arizmendi aparece como un ser repulsivo, manipulador y deshumanizado por sus propios actos; las escenas de mutilación y tortura se muestran con crudeza pero sin morbo gratuito, siempre al servicio de evidenciar el horror y no de embellecerlo.

El riesgo de “humanizar” a asesinos seriales o secuestradores –un debate recurrente en el true crime– existe en cualquier producción que indague en su psicología o pasado, pero aquí la serie evita justificar o empatizar: el énfasis recae en el sufrimiento de las víctimas, en el fracaso institucional y en cómo la violencia se enquista en una sociedad.

¿Por qué producir contenidos que parecen mostrar “el lado humano” de estos criminales?

La respuesta no es sencilla y genera división. Por un lado, el formato true crime responde a una demanda real del público por entender fenómenos sociales extremos: cómo surge un monstruo, qué fallas sistémicas lo permiten y qué huella deja en las víctimas y sus familias.

Por otro, existe el peligro de que, al narrar estos casos con detalle, se termine alimentando el morbo o incluso convirtiendo al perpetrador en figura central.

En ‘El Mochaorejas’, el equilibrio se inclina hacia la denuncia y la memoria histórica: no se trata de redimir al criminal, sino de no olvidar el terror que impuso y las lecciones que dejó sobre la impunidad y la vulnerabilidad social.

La serie es un thriller psicológico pesado, demoledor y sin concesiones que sacude por su crudeza, pero que –hasta donde se puede evaluar en sus primeros episodios– no comete la irresponsabilidad de enaltecer al verdugo. Más bien, lo expone como lo que fue: un agente de destrucción sin redención posible.